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"Creen que si los escritores sufren serán mucho mejores. El sufrimiento es exactamente igual que cualquier otra cosa: si te dan demasiado, al cabo de un tiempo puedes hundirte. Es el intento de escapar del sufrimiento lo que crea grandes escritores".
Charles Bukowski




Escrituras y cavilaciones

literatura, filosofía, psicología, blogs y lo que me interese. Blog de María Barrientos.

jueves, 3 de mayo de 2007

La historia de los viajes


Por un lado, de allí surge Robinson Crusoe, pieza clave de la novela inglesa. Por otro, es a partir de ese testimonio que Defoe, incursiona en la literatura. Aunque una teoría bastante reciente sostiene que no fue Selkirk el que dio origen al Robinson Crusoe sino Henry Pitman, un conocido cirujano londinense al cual el fracaso de una revolución a la que adscribió lo dejó como esclavo en una isla caribeña, tal dato es menos relevante aquí que este entrecruzamiento de viaje y relato, de testimonio y literatura. Pero todavía estamos hablando de apropiaciones, o de “inspiraciones”: la experiencia del viaje de uno que genera literatura en otro. Como sucedió con el caso del relato de George Shelvocke, Un viaje alrededor del mundo por la ruta del Gran Mar del Sur, en el que parece haberse basado Coleridge para escribir su ya canónico poema acerca del marinero perseguido por el albatros y la culpa; o con Naufragio en las costas patagónicas, de John Byron, un relato difícil de igualar en peripecias en el que se basó su nieto Lord Byron para contar el desgraciado naufragio de su don Juan frente a las costas españolas.



La Balada del viejo marinero:

[...] El timonel tenía agarrada la rueda

y el barco se movía, se movía

sin que una sola brisa lo moviera.

Cada marino en su puesto intentaba

tensar los cabos, y no tenía fuerzas:¡

éramos una tripulación difunta, cadavérica!

[...]Más fuerte y más terrible

seguía retumbando bajo el agua:alcanzó la nave, dividió la bahía

y, como plomo, la nave desapareció bajo sus aguas[...]

Aturdido por el ruido aterradorque cielo y mar estremecía,

mi cuerpo quedó a flotecomo quien lleva ahogado siete días[...]

esta alma mía

en medio del mar se sintió muy sola:

tan sola que ni el mismo Dios parecía

estar entre las olas.


(Samuel Taylor Coleridge)


Comentario de Harold Bloom:


El amigo más íntimo de Wordsworth fue Samuel Taylor Coleridge, poeta, crítico, filósofo, teólogo laico y plagiario ocasional. Su gran poema es la Balada del viejo marinero, en siete partes y con 625 versos. Esta deslumbrante pesadilla sigue siendo un poema esencial y ofrece placeres que los buenos lectores acaso no encuentren en otros lugares. En su raíz está la balada popular «El judío errante», pero el viejo marinero de Coleridge tiene más en común con el cazador Gracchus o el médico rural deaKafka que con el tradicional escarnecedor de Cristo. En la literatura anterior a Coleridge, los antepasados del viejo marinero son el Yago de Shakespeare y el Satán de Milton Entre Coleridge y Kafka están el Gordon Pym de Poe, el Ahab de Melville y Svidrigálov y Stavroguin, de Dostoievski. Después de Kafka vienen Gide, Camus, Borges y muchos otros, porque la fabulosa sugestión de la balada de Coleridge está en el centro de la tradición occidental del crimen gratuito, de la «malignidad sin motivo» que Coleridge (erróneamente, creo yo) atribuía a Yago. El barco en el cual sirve el marinero es arrastrado hacia el polo sur por una tormenta, y queda atrapado en un mar de hielo. En ayuda de la nave llega un albatros; la tripulación lo saluda y lo alimenta, y el ave hace mágicamente que el hielo se quiebre, salvando así a todos. Domesticado, el albatros se queda en e! barco, hasta que el viejo marinero, con total gratuidad, lo mata con su ballesta. Después de eso acompañamos al marinero y la tripulación en un descenso al infierno. Este breve resumen omite nada menos que todo lo que importa poéticamente, si consideramos que Coleridge alcanza un arte inigualable:
Y entonces vinieron juntas bruma y nieve,y con ellas un frío portentoso;y un hielo verde como esmeraldanos ciñó del casco al palo mayor.Y entre ráfagas, los riscos nevadosdespedían un fulgor agonizante;no divisábamos figura humana ni animal:no había sino hielo por doquier.
Recibimos la soberbia fantasmagoría mediada por el poco imaginativo marinero, que, si bien ve y describe de maravilla, rara vez sabe qué está viendo. Esto es deliberado: dependemos del marinero, un literalista a la deriva en lo que Coleridge llamó «una obra de imaginación pura». El desdichado narrador se transforma en precoz defensor de lo que hoy damos en llamar ecología:
Reza mejor quien mejor amatodas las cosas, grandes o no, porque el buen Dios que bien nos ama,las ama a todas pues las hizo Él.
Tal es la moraleja en el enfoque del marinero; puesto que está desquiciado y es un monomaniaco, no hace falta identificarlo con Coleridge. Y en esto, en realidad, tenemos el apoyo del propio autor. Cuando la señora Barbauld, celebrada bluestocking (o predecesora de la crítica feminista), objetó a Coleridge que al poema le faltaba una enseñanza moral, él ofreció esta brillante respuesta:
Le dije que en mi opinión al poema le sobraba moral; y que su único o principal defecto, si puedo llamarlo así, era la evidente imposición al lector del sentimiento moral como principio o causa de acción en una obra de imaginación pura. No debería haber puesto más moraleja que la que hay en ese cuento de Las mil y una noches en que un mercader está sentado junto a un pozo, comiendo dátiles, y echa los huesos a un lado, hasta que de pronto, ¡zas!, aparece un genio y le dice al mercader que debe matarlo, porque, al parecer, uno de los huesos de dátil le ha vaciado un ojo a su hijo.
Bien, ese sí que es un crimen verdaderamente gratuito, y uno siente que, treinta años después de haber escrito su gran poema, Coleridge lo hubiera hecho aún más maligno. De todos modos, es de una malignidad sublime, si es que leemos confiando en el relato y no es el viejo narrador. Aunque no matemos albatros ni arrojemos por ahí huesos de dátil, todos iremos al infierno en la nave de la muerte:
En un candente cielo cobrizo,

a mediodía, un sol sangriento,

no más grande que la luna,

se detenía sobre el palo mayor.

Día tras día, día tras día,

permanecíamos fijos, sin aliento,

ociosos como una nave pintada

a flote en un pintado mar.Agua, por todas partes agua,

y un rechinar de cundernas;

agua, por todas partes agua,

y ni una gota que beber.

El fondo mismo se pudría:¡Cristo, quién lo hubiera pensado!

Viscosas criaturas con patas

se arrastraban por el viscoso mar.

Si comparan ustedes estas cuatro estrofas con las dos referidas al hielo esmeralda que cité antes, verán que la tripulación está claramente peor, aunque todo es relativo. Un cosmos de hielo fulgurante ya es bastante infernal, aunque le falte el lóbrego brío de: «viscosas criaturas con patas/se arrastraban por el viscoso mar». Propongo que el marinero y el poema mismo ya eran entidades harto compulsivas antes de que él matara al amable albatros. Lo que el lector no dejará de aprehender es que desde el comienzo estamos ciertamente ante un poema de «imaginación pura», de modo que todo el viaje es visionario. Pero ¿por qué el viejo marinero mata al humanizado albatros? Se mantiene siempre en una pasividad desconcertante, no menor cuando comete el crimen. Sólo lleva a cabo dos acciones más: beber su propia sangre para exclamar que ha visto una nave y, más adelante, proferir una única bendición. El marinero nos trae a la mente el Lemuel Gulliver de Swift y el Robinson Crusoe de Defoe; como ellos, parece un observador muy preciso, pero carente de afecto y sensibilidad. En una época yo creía que el crimen gratuito del protagonista de Coleridge era un intento desesperado por establecer una personalidad, pero ya no encuentro pruebas para un enfoque tan «modernista». A fin de cuentas, al final del poema el hombre no ha amplificado su sentido de identidad. Es una máquina de dictar que repite siempre la misma historia. Como observó más tarde Coleridge, no hay en el poema moraleja alguna y no debería haberla. Por eso tampoco se aclaran los motivos del asesinato del albatros. Por mi parte, insto al lector a no bautizar el poema: no trata del pecado original ni de la caída del hombre. Esas figuras implican las nociones de desobediencia y depravación pero la Balada del viejo marinero no es El paraíso perdido. En el tono distante que mantiene el poema de Coleridge es muy shakespeariano, mientras que el lenguaje visionario muestra ciertas afinidades con la balada de «Tom O’Bedlam»:
La errante luna subía al cielo

sin encontrar morada alguna:

suavemente iba subiendo

con una estrella al lado o dos.

Sus rayos se burlaban del sopor

como escarcha de abril derramada;

pero en la sombra inmensa del barco

el agua hechizada ardía siempre

en un rojo quieto y atroz. Más allá de la sombra del barco

veía moverse las serpientes marinas:

dejaban estelas de un blanco brillante,

y cuando se erguían, dejaban caer

escamas vetustas de mágica luz.¡Afortunados seres! No hay lengua

que pueda describir su belleza:

un torrente de amor me desbordó

y, sin darme cuenta, las bendije:

mi ángel de la guarda debió de apiadarse

y sin más proferí la bendición.

En el mismo momento pude rezar;

y de mi cuello liberadocayó el albatros, para hundirse

como si fuera plomo en el mar.


Las estrofas precedentes no son sólo la resolución de la Balada del viejo marinero (en la medida en que la tiene), sino el efecto poético más fuerte que alcanzó Coleridge. Hasta entonces exasperantemente estólido, el marinero se siente tan conmovido por la belleza y la aparente felicidad de las serpientes marinas que las bendice, y en el acto se libera en la medida de lo posible de la maldición que pesa sobre él. Cuando haya disfrutado de la intrincada suma de rareza y hermosura que ofrece la Balada, el lector comprensivo emergerá de este oscuro viaje con una sensación mayor de libertad, otra de las razones de que debamos leer. (Harold Bloom)

miércoles, 2 de mayo de 2007

Texto de Arturo Carrera.



"En Oriente al misterio no se lo estudia ni se lo investiga: existe. El secreto está también, como un eterno nevado ideograma. En Occidente, el máximo alerta del cambio lo dio Joyce en la literatura. Rothko en la pintura. Joyce por hablar por la boca de Molly Bloom. Rothko por enunciar silenciosamente, con su muerte, que el secreto y el misterio de la representación estaban en esa ausencia viva: el color, detrás del que muchos poetas, como Severo Sarduy, quisieron asomarse para ver si allí estaba el rostro de Dios.

Un mago con el oído aplicado a la tierra, recordado por de Quincey y Borges, había oído las innumerables pisadas de los hombres y había distinguido, entre ellas, la de un niño predestinado a desenterrar la lámpara maravillosa: ese niño era Francisco Madariaga.

Un hecho matemático, sin duda común, puede relacionarse con el misterio del pelaje de ciertos animales poco comunes y fascinantes como los tigres, las jirafas y las cebras. En la aparición y rayas de estos pelajes influirían el número y la variedad de células pigmentadas del embrión, sí como el tamaño de este, e intervendrían reglas matemáticas como las que gobiernan las vibraciones de las cuerdas vocales del violín: resonancias que, actuando con los primeros factores citados, determinarían la generación de estas especies de alfabetos tan atrayentes como enigmáticos.

Arturo Carrera.
De "Nacen los otros"(Beatriz Viterbo, 1993):

martes, 1 de mayo de 2007

El trabajo

"El trabajo no es la pena que se paga por ser hombre, sino una forma de amar y de ayudar a que este mundo, sea un poco mejor"
Tiago de Melo escritor brasilero

El trabajo y la vocación


Desde acá, léase sudaca, el trabajo y la vocación no van de la mano. Hasta hace unos años el trabajo significaba movilidad social, esto es: el hijo de un obrero semi-analbabeto podía ser doctor, recuerdese la obra de Florencio Sánchez "M'hijo el dotor".

Eso fue hace mucho, ahora en nuestro continente hay que conformarse bastante, poca gente trabaja en lo que le gusta, todos nos habituamos a trabajos más o menos dignos que no abandonaremos hasta nuestro retiro, porque la movilidad terminó.

Peor están los más jóvenes, es muy dificil conseguir un trabajo "en blanco", esto significa estar anotado en el ANses, tener obra social, etc.

El resto, está trabajando en lo que puede, apretando los dientes. El caso de los escritores sudacas es distinto: nunca salimos de la marginalidad (por lo menos la mayoría) lo único que perseguimos es tener un sustento para poder tener una vivienda digna y la atención de la salud, aportes, etc; mientras con el tiempo que nos queda libre (ya cansados, lo que queda de nosotros, pero no nos quejamos) hacemos literatura.

Algo interesante es que en vez de quejarnos, solemos agradecer a dios o al gobierno, el tener un trabajo legal, porque la mayoría no lo tiene.

Que si nos importa? sí, pero el resultado parece no ser malo, podemos usar la experiencia para escribir, o acaso el escritor, primero no se nutre de lo que venga para después plantearse cómo envejeceremos, cómo viviremos con una jubilación miserable?

Carpe diem, ese tiempo todavía no llegó.

Los siete locos

El cobrador de una empresa azucarera, Remo Erdosain, es acusado de estafa. Para devolver el dinero sustraído acude al farmacéutico loco Ergueta y al Haffner (el «Rufián Melancólico») y entra en la Sociedad Secreta del Astrólogo Alberto Lezin, quien proyecta fundar una nueva sociedad, basada en la subyugación de la mayoría.

Erdosain estará encargado de destruir la vieja sociedad mediante gases letales y Haffner de financiar la nueva mediante la explotación de prostíbulos. Erdosain, angustiado y abandonado por su mujer Elsa, se traslada a una pensión sucia, donde entabla relación con la hija de la patrona, la Bizca.

Termina la novela con la huida del Astrólogo con la mujer del loco Ergueta —la prostituta Hipólita—, el incendio de la quinta donde se tramaba la revolución, el asesinato de la Bizca por parte de Erdosain y el posterior suicidio de éste.

La temática existencialista: ¿qué sentido tiene la vida? ¿son posibles el amor y la comunicación? ¿no está el hombre condenado eternamente al fracaso? Erdosain es el hombre «que sufre, soñando, con el cuerpo hundido hasta los sobacos en el barro» (Los lanzallamas) y que se «revuelca en la porquería con anhelo de pureza» .

Invitados

Datos personales

María Barrientos nació en Buenos Aires en 1959. Publicó "Habitaciones para la vigilia" (Filofalsía, 1990), este libro obtuvo la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores). En 1995 publicó "Cross" que fue finalista en el Primer concurso hispanoamericano organizado por Diario de Poesía. Su adicción es estudiar, por lo cual es profesora de letras y bibliotecóloga. Formó parte del consejo de redacción de las revistas "Tamaño Oficio" y "Fin de Siglo". Ex columnista de Radio Cultura,
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