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"Creen que si los escritores sufren serán mucho mejores. El sufrimiento es exactamente igual que cualquier otra cosa: si te dan demasiado, al cabo de un tiempo puedes hundirte. Es el intento de escapar del sufrimiento lo que crea grandes escritores".
Charles Bukowski



Escrituras y cavilaciones

literatura, filosofía, psicología, blogs y lo que me interese. Blog de María Barrientos.

martes, 27 de febrero de 2007

INVITADOS






Llueve


Llueve.
Llueve.
Llueve. Ella miraba con un aire melancólico, como era de esperar. Él la miraba con un aire suplicante, como no podría haber sido de otra forma. Llueve. El cielo se resquebrajaba y se dejaba caer sobre la tierra, sobre esa ciudad, sobre esa penosa calle oscura que ellos observaban desde la ventana. Llueve. Se sabía que él era él y ella era ella, nadie hubiera dicho otra cosa. Es sabido que a esta altura, ya los nombres no importan, las palabras se disuelven formando un caldo de imágenes que carecen de letras o signos, más allá de las siluetas multiformes e ininteligibles, y los colores saturados. Él era. Ella quizás. Como así los hombres son, mientras que las mujeres nunca se sabe realmente. Dolía el silencio en los párpados ya tiesos de no-sueño y en las palmas ásperas sobre el mantel carmesí. Llueve. La saliva en los labios que dice que quiere calor. El botón de la camisa ajustada que busca zafarse y, así, la libertad. La pupila como péndulo recorriendo la seguridad de la lluvia afuera, su mano sobre el mantel y la vieja detestable acurrucada en un rincón oscuro con su café con crema. Péndulo va. Café con crema. Péndulo viene. Llueve. Péndulo va. Café con crema. Péndulo viene. Llueve.

“¿Por qué carajo lloverá tanto?”

Él, que era, se estremeció con la pregunta; inaudita dada la situación. Ella, que quizás, expresaba su ira a través de un detalle tan estúpidamente cotidiano, como no podía haberse hecho de otra forma. Él, indignado, atrevió su mirada hacia ella. Ella, indignada también, desafío la mirada atrevida.
Llueve.
Dolor.
Llueve.
Odio.
Llueve.
Indignación.
Llueve.
¡La recalcada concha de tu madre, hijo de una gran puta!
Llueve.
¡Puta de mierda, estoy cansado de vos!
Llueve.
Silencio.
Llueve.
Silencio; siempre silencio. Esos silencios en los que se quiso decir algo, pero no. No, porque no podría haber sido de otra forma. Sólo la mirada habla en situaciones así y vaya uno a saber por qué.

“¿Por qué estás tan enojada?”

Si es que hubiera habido pregunta más pertinente y directa no hubiese podido ser pronunciada, pero esta sí. Quizás, una mirada de indignación y el descubrirse incomprendida. Sí, un escrutinio de la clase de los que buscan la verdad. Quizás, con desgano y resignación hacia la ventana que es mejor que lo que se tiene en frente. Sí, con bronca. Ninguna otra palabra más que bronca; bronca gritada con precocidad y la erre bien arrastrada. Sí, con esa puta incomprensión de por qué lo tan indirecto, lo tan complejo-al-pedo, lo inútilmente rebuscado. Sí, con ese por qué de tantos otros sí’s. Quizás, con ese desmembramiento de situaciones ya pasadas, esa construcción de argumentos y expedientes a presentar frente al tribunal que fuera pertinente. Quizás con pruebas. Sí con brrrronca. Pero, silencio. Llueve. Silencio como el de la puta-madre-que-te-re-mil-parió,-pedazo-de-perra-hija-de-una-gran-puta-mal-cogida-por-traficantes-colombianos.

“Estoy cansada de esto.”

Llueve. Sí, con impotencia se cuestiona con brrrrrrrrrrronca qué carajo es “esto”. Llueve. Quizás, con el malestar de mordisco a bizcocho de dulce de leche relleno con insectos. Las erres se seguían agregando a la bronca, mientras los bizcochos iban desapareciendo de esa bandeja imaginaria. Insultos fluían en esa especie de sopa pegajosa y hedienta de malestar y rencor y silencios y erres y bizcochos y mierda y puta madre y concha de la lora e hijos de mil putas.

“…”

Llueve.
Llueve.
Llueve. Como no podía ser de otra forma, paró de llover. Las gotas dejaban de caer. Las gotas sobre el mantel carmesí. Las gotas carmesí dejaban de caer sobre el mantel carmesí. Las gotas se quedaban quietas. Las gotas carmesí se quedaban quietas sobre el mantel carmesí, como tantas otras quietas cosas que se quedaban quietas dentro de ese café con crema con una vieja detestable que también se quedaba quieta como las manos carmesí que se quedaban quietas sobre el mantel carmesí de gotas carmesí y tanto carmesí que quizás no respira y sí está en shock y quizás que no respira y sí que ve las erres desaparecer de la bronca y quizás respira y sí las pupilas se agrandan en tantas emociones fuertes como las que no se describen y quizás se quedaba quieta y sí ahora sí el temor porque sí el temor porque quizás se quedaba quieta porque quizás no respira, pero uno nunca sabe en estos casos.

SEBASTIÁN MEGA DÍAZ ES ARGENTINO, TIENE 21 AÑOS Y ESTUDIA CINE.






Cuervo negro

cuervo negro
llévame hacia algún lugar
en donde pueda encontrar la respuesta
a la soledad

cuervo negro
toca con tus alas
los sueños perdidos, guíalos
hacia acá.

cuervo negro
llévame hacia la puerta de escape
a esta vida llena de preguntas
y respuestas mal puestas.

cuervo negro
agita tus alas
ve al encuentro con mi alma.

cuervo negro
lleva tatuado en tus alas
mi nombre x siempre.


WILFREDO MOLINA ESPINOZA TIENE 25 AÑOS Y NACIÓ EN PERÚ.



Los días grises.



La primera vez que vi una, creí que era un panal. Hasta que desplegó las alas cenicientas y se alejó con un vuelo torpe similar al de los murciélagos. Nadie pensó jamás que las polillas pudieran crecer tanto, sin embargo ahora uno puede mirarlas a los ojos y sentirse observado desde el patio o la punta de un pino por una mirada oscura. Los ojos de las polillas son como dos gemas negras, y nunca se sabe hacia dónde dirigen la mirada. Posadas durante horas en algún lugar, pues ya no temen a los zapatazos, escobazos o insecticidas, lo miran todo y no miran nada.
Las primeras plagas descendieron desde el Amazonas y acecharon las plantaciones chaqueñas de algodón hasta dejarlas desoladas en mucho menos de lo que tardan las langostas para darse un aperitivo de legumbres. Cuando aparecieron primero en los poblados y luego en las ciudades, la gente temió no poder usar nunca más cortinas en las ventanas, sábanas en las camas y manteles en las mesas. Pero no se supo durante mucho tiempo por qué esos bichos grandes como tortugas entradas en años (que hasta tenían dificultades para levantar vuelo a consecuencia de su peso) no deglutían los géneros como lo habían hecho durante siglos. Pese al misterio, si algo era seguro, era que no se estaban muriendo de hambre. Y que a medida en que ellas iban aumentando en número, iban faltando los perros.
Lo que sobrevino al acoso inefable de esos monstruos descoloridos como fotografías antiguas; de mirada hueca e impune, de malicia que ni siquiera es malicia cuando se está fuera de los límites de la moral, de malicia irrefrenable y sin límites, sumió al país en un Apocalipsis de cielo negro hundido en tierra blanca que tornó los días en escenarios de pesadillas. Los días grises en que los perros comenzaron a suicidarse.
La televisión transmitió desde el desierto de San Juan, la imagen aérea de unos cientos de perros desesperados cavando en fila una fosa común que se extendía por kilómetros a través de aquél páramo reseco y humeante, alejado de toda civilización. Luego se arrojaban a la zanja que se perdía zigzagueante en el horizonte y se apuntaban entre sí con estacas de madera toscamente afiladas a fuerza de colmillos.
En mi calle la gente llora a sus perros muertos envolviéndolos en paños azules. Quienes tienen suerte encuentran los cuerpos heridos en las veredas o los baldíos. Quienes no (como yo) esperan a que algún día regresen. Pude ver a Manu por última vez, lleno de pústulas que eran las mordidas del demonio mudo y volador. Tenía la mirada tan triste que parecía haber visto su propia muerte antes que ninguna otra. Se me escapó de las manos sin que pudiera amarrarlo y no volvió nunca más.
Los pibes Guzmán persiguieron a sus mestizos durante todo el día por las inmediaciones del lago. El fin de un acantilado los detuvo, no así a sus perros. Ya entrada la noche, guiados por haces lunáticos, los recogieron mucho más abajo entre las piedras.
Los gatos domésticos han migrado a otros paisajes agrupados en interminables caravanas. Algunos de ellos habían cazado polillones impulsados por un odio nuevo que los hacía arriesgar sus propios pellejos al enfrentarse a un rival que los doblaba en peso y tamaño. Pero los bichotes no se defendían, absortos como idiotas en sus cenas privativas. Muchos de los que chisporrotearon en las hogueras vecinales habían sido despedazados antes por los gatos más consentidos del barrio, inclusive por aquellos de pedigrí que no conocían el olor de las ratas. Lamentablemente, poco toleraron a un intruso que fuera al mismo tiempo indiferente e invencible. Los gatos están demasiado lejos de aquí huyendo del desajuste, y no quieren volver.
La viuda de D’amore siguió al compás de su locura el rastro dejado por los pelos rubios de su afgano. Con la vista puesta en el suelo escrutó el asfalto, el césped y la hojarasca debajo de los árboles. Su búsqueda concluyó en el lago cuando sus ojos azules se posaron sobre una mancha dorada que flotaba a lo lejos. A su vuelta se cuestionó ¿qué hará el hombre cuando no pueda entender?, cuando el océano se enrule sobre su cabeza y el cielo se combe contra el arco de su pie. ¿Qué haré cuando no pueda entender? Cuando María de a luz un hijo de Lucifer y las polillas visiten el pesebre.
Desahuciada, construí un corral fuertemente alambrado para que Arsenio no fuera atacado ni arrastrado por la tristeza fuera de la casa. Lo vigilé noche y día, no dormí más, quemé tantas polillas como pude pero no logré que las supervivientes salidas de una fuga negra en el confín de la posibilidad, dejaran de robarle la vida con sus ojos de parásito maldito. Pero él iba perdiendo la fe y dejó de oírme, de comer y de beber. Entonces le inyecté un suero y le cubrí los ojos para que no pudiera ver nada.
Pero ahora pienso que tal vez siguió viendo dentro de sí, porque anoche volví al corral y la señora D’amore estaba agarrada al alambrado con la derrota colgada del rostro. Me miró y me detuve en el sendero antes de llegar al refugio del can. Debió haber visto el miedo en mis ojos. “Se colgó”, dijo. Y se fue despacio arrastrando el camisón entre los yuyos.

CELESTE BLANCO TIENE 27 AÑO, ES ARGENTINA Y PUBLICÒ EN LA REVISTA LITERARIA ENTRE LETRAS DE EDITORIAL BAOBAB.


La niña que se columpiaba


La mujer es mamá, y sostiene entre sus brazos fríos una bebé movediza que sonríe indiscriminadamente a ella y al mundo entero, y gorjea y escupe como cualquier criaturita que ignora todo.

Y cuando sonríe y su madre la ve, le dice.
- Qué tonta eres...- Y le sonríe también, con misericordia. Porque ella sabe.

Y cuando unos meses después la pequeña intenta dar sus primeros pasos, escucha a su mamá decir, exacta como el filo de un bisturí:
- Jamás tendrás la ligereza para estar en el aire, y jamás tendrá la firmeza de estar con los pies en la tierra. En dónde estarás? Eres una perdida....todos estamos perdidos... dios no existe.
La niñita la mira, mira sus pies inseguros, y cae al polvo, a la tierra de donde ningún creador nos sacó un día. Llora y grita que se desgarra, pero ya no se pone de pié. La madre la contempla con la expresión de alguien que no está, como una fotografía colgada en la pared.
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La niña tiene 5 años y apenas da 10 pasos seguidos. Prefiere columpiarse en el parque sentada en la tablita de madrea atada a dos cadenas. Y canta
- La tablita volaría
o navegaría
pero es sólo una tabla
encadenada.
Y todo el día de atrás para adelante y de adelante para atrás. Una muchacha de buen corazón intentó acompañarla cierta vez y se acomodó en el columpio contiguo y cantaba y reía con ella entre el cielo y la tierra. Una hora del ejercicio era ya demasiado, pero la joven tenía un corazón realmente bueno, y muy tozudo también. Una hora y media se parecían a un estado agonizante en el que el tiempo y el espacio han perdido todo sentido para dejar paso a un mundo que se balancea sin límites. En una hora y 45 minutos la joven se sujetaba a la tierra y la os guijarros con las uñas, y vomitaba abundantemente porque su estómago era menos fuerte que su corazón.
Hasta ahí la vida socialmente activa de la pequeña.
En el asilo de niños que era su hogar actual, pocos estaban interesados en ir y venir por los aires todo el día. Su madre desapareció un día en el que, digamos casualmente, soplaba un viento tenaz y soberbio, que estrellaba pájaros en los muros y en las ramas altas de los árboles.
Se fue. La dejó mientras dormía en el banco de un parque después del almuerzo. Como su cuartito alquilado quedaba muy cerca, los vecinos indicaron fácilmente la puerta a la que debían llamar los policías para encontrar a la mujer rara, mamá de la niñita que cargaban incómodamente entre los palos, las máscaras anti-gas y los chalecos a prueba de balas. Una niña japonesa como cualquier otra a primera vista, y que no se molestaba en dar un solo paso. Sería una taradita? Una desnutrida más? Un fastidio, para resumir.

Lo único vivo que habitaba el cuartucho era el macetero de flores en la ventana que la mujer colocaba todas las mañanas y guardaba por las noches. Y de ahí a la casa de niños que nadie quería sólo restaban unas cuadras. Que es a donde fue a parar. O caer, en su caso.

La niña que se balanceaba en el columpio no sufría precisamente. Nadie la había visto llorar jamás. Sabía hablar pero daba lo mismo que supiera o no, a nadie le interesaba escucharla. Estaba, sencillamente, y lo único que se tenía que hacer para que no diera la lata era subirla a un columpio y bajarla para comer, llevarla al baño y luego a la cama.
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Al otro lado del océano un hombre solitario y distraído, que parece estar pensando todo el tiempo en algo trascendental, recoge papeles, y estudia las mejores maneras de hacer que una bala o un explosivo sea más eficaz cada vez. El cree en la paz pero tiene miedo. Y el miedo destempla la mejor de las ideas y prueba de qué están hechos los espíritus. Entonces trabaja gustoso porque así exorciza un poco sus temores y puede dormir en las noches, aunque sus manos huelan a pólvora y tenga la nariz y los ojos infestados de polvo de fierro. “Es el precio de la paz”, le dice a su sombra en la pared. Y sonríe. Porque cuando sonríe no piensa y así no quedan recuerdos. De todas formas, aunque estuviera en desacuerdo “la” construirían, la usarían y luego el mundo diría gracias.
“Lo importante son los fines...”, concluía antes de cerrar los ojos con la sensación de que esa idea ya alguien la pensó antes que él.
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En la ciudad se escuchan sirenas de ataque aéreo, y la gente corre. Sin ganas de correr y sin emoción porque ya están todos acostumbrados y hastiados de lo mismo. Es la muerte que se anuncia y que ya no impresiona. Un muerte de metal oxidado tan cotidiana como el arroz y los pies descalzos. Gracias a ella muchos hijos de padres muertos van llenando los asilos de niños y dan trabajo y sentido a las buenas hermanitas que se encargan de mantenerlos vivos y mínimamente vestidos. Y se ocupa también de llevarse a esos malos hombres rebosantes de sake que se tiran a dormir la borrachera en las calles para molestia de los que sí corren, por si acaso.
En el orfanato la niña que se balancea ha caído del columpio y ante la posibilidad de recibir un baño de algodones y alcohol en la rodilla sangrante, prefiere la opción de escurrirse, ya sea dando tumbos con los pies o gateando cómodamente, hasta la sala oscura donde ve, desde el borde de una mesa, que la monja cocinera sale de un lugar bajo el piso de cemento por una puerta de metal que normalmente está cubierta por una alfombra con dibujos de picaflores. Lleva pan, arroz y sal entre los brazos. ¡el lugar perfecto! Ni en el aire ni sobre la tierra, sino debajo.
Y por supuesto que entró, y cuando la inocente hermanita volvió para asegurar la despensa, cerró las puertas con la niña adentro. El lugar era una cueva, todo hecho de bloques de piedra gigantes. Cómo los llevarían? Y qué diría su madre de haber conocido este lugar? Será que aquí pueden crecer las flores? No, es demasiado fría.... sólo puede servir para guardar ensaladas, pensaba.
Intempestivamente, en tan sólo un girar de la cabeza, sintió que el lugar se calentaba como un fósforo encendido entre sus manos, y el silencio se hizo tan espeso que hubiera podido guardar un pedazo en el bolsillo. Le zumbaron los oídos. Finalmente vino el sonido del trueno y el mundo perdió su verticalidad y consistencia. Supo que allí arriba y afuera, todo se venía abajo. Que el techo caía sobre las puertas de hierro y las paredes sobre el techo.
Y la oscuridad fue reina, como la madre que volvía.
La tablita volaría
o navegaría
pero es sólo una tabla
encadenada....
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El hombre al otro lado del océano cierra los ojos evitando mirar a su sombra en la luz de la mañana, y trata de sonreír. Es el 6 de agosto de 1945 y todos los radios chillan que cayó en Hiroshima – Japón la primera bomba atómica. Un temblorcillo frío le sube por la espalda, y aunque intenta ignorarla es abrumadora la idea que se ha acomodado en su cabeza. Murmura como las mujeres en la iglesia rezando el rosario “no hay un dios que premia y castiga... no hay un dios que se ocupe de las acciones de los seres humanos”. Albert Einstein, confundido y con ganas de fumarse todas la pipas del mundo, agita su cabeza leonada diciéndole no a las noticias, y se rinde mientras mira su sombra agachada "Si hubiera sabido esto, me habría dedicado a la relojería...".
Fue el día en que dejó de creer en el sueño norteamericano y se inició en el infinito camino del arrepentimiento; y como diría él mismo «Vine a Estados Unidos porque oí que en este país existía una gran, gran libertad. Cometí un error al elegir Estados Unidos como una tierra de libertad, y es un error que en el balance de mi vida ya no puedo compensar».
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En la una vez casi extinta ciudad de Hiroshima, Minako Sora despierta con los pajarillos en el amanecer de otro agosto 6. Habrán desfiles y luto, y miradas resentidas por los recuerdos en forma de hongo de fuego. Pero para ella es el día de su nacimiento. Es el día en que, más como gusano que como niña, se escondió en el sótano habilitado como despensa del viejo templo que hacía de asilo infantil, y en el que permaneció 10 días comiendo pan con chocolate y pan con sal en tanto que dulcemente la gangrena devoraba su pierna derecha de la rodilla hasta el tobillo luxado. La encontraron por casualidad, o porque dios sí que existe.
Un mes después, cuando se vio ante un espejo con la pierna cortada a la mitad, supo que era libre. Con un pie en el aire y otro en la tierra. ¡Había logrado lo que su madre no pudo! Y la maldición se convirtió en el dulce recuerdo de su madre mirando por la ventana, junto a las flores blancas de suave aroma a mermelada.
En realidad ahora camina muy bien, y hace un ruidito imponente con la pierna de madera que se acopla al muñón. Corre, baila, gira sobre sí misma. Y cuando va a algún parque rodea desdeñosa la fila de columpios chirriantes que la llaman, que la invitan, y a los que escasamente presta oídos.
Vive convencida de que dios se ocupa de cada vida, de cada alma, de cada destino. Por amor. No por nada su nombre es Minako, que significa “hermosa niña del amor”.

SHIRLEY CABALLERO ES BOLIVIANA, VIVE EN COCHABAMBA, TIENE 30 AÑOS. ESTUDIÓ PSICOLOGÍA Y ACTUALMENTE CURSA ESTUDIOS DE MÚSICA Y QUECHUA.

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Datos personales

María Barrientos nació en Buenos Aires en 1959. Publicó "Habitaciones para la vigilia" (Filofalsía, 1990), este libro obtuvo la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores). En 1995 publicó "Cross" que fue finalista en el Primer concurso hispanoamericano organizado por Diario de Poesía. Su adicción es estudiar, por lo cual es profesora de letras y bibliotecóloga. Formó parte del consejo de redacción de las revistas "Tamaño Oficio" y "Fin de Siglo". Ex columnista de Radio Cultura,